a organización de la Democracia en PARTIDOS como problema

 

La organización de la Democracia en PARTIDOS como problema

La cuestión de la ineficiencia de la forma de organizar la represantación de la voluntad del pueblo soberano en Partidos es hoy un problema vital para la msma existencia de la democracia. .Desde la famosa crítica de Robert Michels en 1911 describiendo la organización de los partidos, como jaulas de hierro en que una oligarquia manipula todos los flujos de información necesaria a la toma de decisiones, sin repreentatividad democrática, hasta hoy, la forma concreta de organizarse en partidos politicos no ha mejorado nada. El cada vez mayor absentismo de las clases sociales menos favorecidas (la clase alta, tradicionalmente de derecha sigue votando en una proporción incomparablemente mayor que la de la clase obrera) es un signo bien claro de que algo falla en el actual sistema politico.

La alternancia en el poder de uno u otro partido se ha convertido casi en una mera sustitución de siglas, un formulismo vacio de sentido. La parte de la sociedad que percibe que esos cambios de siglas no van a mejorar su calidad de vida va aumentando –   y habria que estudiar si el aumento de desigualdad social y desaparición progresiva de la clase media no es otro signo de que vivimos una crisis muy profunda del sistema politico.

Junto al índice de abstención, que en las democracias occidentales se acerca al 50%, debemos considerar otro síntoma de la situación realmente patológica en que se encuentra la democracia parlamentaria y de partidos: es la reaparición de formas antidemocráticas de  tipo fascismo que actualmente se autodenominan Populismos.  Como bien diagnosticó Hannah Arendt, más que de izquierda o derecha, la salud del sistema se manifiesta en el aumento o en el control a las tendencias totalitarias. Los extremos se unen. Esto se ha visto claramente en la forma en que el partido comunista francés pidió que no se apoyara a Macron

 

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La crisis de la democracia de partidos y el desafío de las nuevas élites tecnocrático-capitalistas

La crisis de la democracia de partidos y el desafío de las nuevas élites tecnocrático-capitalistas

No basta analizar las patologías organizativas de los partidos políticos ligadas a la dis-funcionalidad de sus estructuras internas para cumplir la función básica de un partido en la democracia parlamentaria que consiste en canalizar las voluntades individuales a la toma de decisiones en un partido que intente representar a dichas individuos. Además de este factor debe considerarse el contexto actual caracterizado por lo que se ha denominado “globalización”, en primer lugar económica, pero que está generando nuevas estructuras de poder organizado, como por ejemplo se manifiesta en las reuniones de Davos o del G-20.

Es difícil comprender el nuevo escenario mundial en el que desde la caída del muro en Berlin y la autodemolición del bloque soviético se ha ido configurando un nuevo diseño geopolítico que claramente no es el simple dualismo de tiempos de la guerra fría, sobre todo por el papel dominante de la economía china. Por eso, los analistas señalan la dificultad de explicar adecuadamente como se ejecutan los procesos variados y contradictorios de la globalización. Es evidente que la globalización al mundializar las redes de comercio internacional ha contribuido a elevar la producción de riqueza, un pais que quiera tener una economía sana no puede ya vivir en el aislacionismo o proteccionismo tan querido por los populistas (Kirchner o Trump o May son solo unas muestras de la irracionalidad económica del populismo).
Pero este nuevo entorno globalizado contribuye a exacerbar la crisis política en los partidos clásicos que tendían a representar mayorías, pues la concentración de poder económico lleva a que en las decisiones politicas se recurra, como es el caso chino, a gobiernos tecnocráticos, es decir, se configura una estructura elitista (una élite puede serlo de cultura pero también de conocimientos técnico-económicos), Y por el conocido efecto acción-reacción esa concentración de poder, que algunos analistas ven como el nuevo fascismo económico (pues no necesita armas sino simplemente acciones) al mismo tiempo que avanza la concentración de riqueza mundialmente crecen los movimientos de protesta populista. Contra Davos o el G-20.
El problema es que detrás de la fachada de la representación del pueblo gracias al mecanismo electoral que oficialmente configura los dirigentes de los partidos que tomarán las decisiones vinculantes a la sociedad, se oculta otra estructura de poder real no representa a la mayoría en unos tiempos en que poco más de sesenta individuos acumulan tanta riqueza como la mitad de la población mundial, cerca de cuatro mil millones de personas.
La crisis de la representación política (Vester, 2001) ya había comenzado bajo el signo de la modernización en el llamado capitalista avanzado, pero actualmente crece exponencialmente el grado de concentración de capital, en parte debido al enorme cambio estructural tecnológico, como se manifiesta en el indicador de que casi todas las mayores fortunas individuales del mundo se han acumuulado en el sector de las nuevas tecnologías de la información.
En el diagnóstico de esta situación hay que destacar el éxito técnico de la Revolución Conservadora lanzada por Reagan y Thatcher (curiosamente paralelos temporalmente a la reacción antimodernizadora del Papa Juan Pablo II que quiso borrar, con la asistencia teológica de Ratzinger toda huella del intento modernizador, del Aggiornamento iniciado por Juan XXIII y el Concilio Vaticano II). En contraste a la mejora social iniciada por las democracias occidentales después del desastre de la Segunda Guerra Mundial donde se consiguió una leve disminución de la desigualdad social, desde que comenzó esa revolución de la minoría capitalista continúa la erosión de la base social en los estados de bienestar de Europa continental. Al mismo tiempo, a nivel ideológico, gracias a las nuevas tecnologías de difusión cultural y al silencioso proselitismo del espíritu individualista se robustece la infraestructura ideológica de ese individualismo y del denominado “darwinismo social” en que el más fuerte debe sobrevivir devorando al débil.
En este nuevo escenario, que las masas ideologicamente convertidas a ese credo capitalista consumista admiten con fe ciega, las estructuras y las estragias políticas de partidos que crecieron y se configuraron en un escenario muy distinto han perdido el sentido de orientación, y el descenso de participación electoral muestra bien claro que esos partidos ya no son vistos como canales de representación politica, ni siquiera por los mas perjudicados en el proceso de concentración de riqueza.
Se buscan respuestas parciales en las coaliciones o fusiones de los partidos políticos. como sucede en España con Izquierda Unida y Podemos, o en Argentina, con el PRO, Radicales y otros partidos en Cambiemos. Pero ni populismos ni esas coaliciones hasta ahora han conseguido modificar un ápice que el proceso de concentración de capital y toma de decisiones globales por esas élites del dinero se vea frenado. Naturalmente, el plan de Macron apenas esbozado de reformar las mismas estructuras electorales y sanear vetustas y anquilosadas burocracias estatales podría ser indicador de que se comienza al menos a revisar todo el aparato organizativo del sistema Estado en un momento en que algunos de esos sesenta poderosos económicamente tiene más poder qu-ce una docena de estados.
Como intuyó Platón en su dibujo, utópico quizá, del rey sabio, la solución a un ordenamiento más humano, más justo, y al mismo tiempo eficiente, del mundo debe venir del conocimiento, o mejor dicho, de la Sabiduría para la Vida, Sophia griega o Mahat egipcia. Y eso sólo se logrará gracias a la mejora de los sistemas educativos. La persecución real por parte del PP español a todo el ordenamiento educativo con intentos tan claramente nacidos de la ideologia capitalista que intenta mantener al pueblo en la ignorancia, es un síntoma de que las llamadas élites del poder tecnocrático-capitalista ven solo peligros para su hegemonía el potencial de la educación, no las protestas callejeras momentáneas y sin efecto duradero como sucedió con el 15M.
Pero es evidente que ha de tratarse de una educación que junto al dominio, hoy necesario, de las nuevas tecnologías de información y de sus bases científicas y teóricas, es preciso recupar lo que antes se llamó formación humanística. Y no sólo los contenidos, también la misma forma de educar ha de cambiar y superar la ineficiencia de los modelos educativos actuales. Hay un antecedente histórico muy revelador: cuando a comienzos del reino de Prusia, el que todavía sólo era gran duque elector, Federico, firmó una ley que imponía escolarización obligatoria a todos los niños de Prusia. Algunos nobles de la corte le dijeron entonces que si la masa aprendía, también sería crítica y peligraría el poder de la familia Hohenzollern. Y el principe respondió, pero si no los educamos ni siquiera habrá estado prusiano,
La élite de poder tecnocrático-capitalista no puede funcionar sin educar a las grandes masas. Y esa es nuestra oportunidad, despertar el deseo por el saber vivir y convivir.

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El Vaticano antepone la politica a la defensa de los derechos humanos

 

Fiscal general de Venezuela

¿Por qué la Iglesia Católica venezolana critica el diálogo y el Vaticano lo apoya?

(Youtube) Venezuela
¿Por qué la Santa Sede, el Estado Vaticano y, más específicamente, el papa Francisco, compromete la independencia e imparcialidad que debería tener en un conflicto entre venezolanos? (Youtube)

Una primera y elucidable razón es que la Iglesia Católica venezolana es una institución militante, proactiva y reactiva, profundamente consubstanciada con sus feligreses que son mayoritariamente democráticos y víctimas de la tiranía de Maduro, mientras el Vaticano es una burocracia fría e impersonal que planea sobre mil millones de personas cuyas angustias físicas y metafísicas le llegan como un hálito helado y evanescente y a través de intermediarios no siempre competentes.

Pero también está el tema de que el Vaticano es un Estado, una estructura política con un presidente, príncipe o caudillo con intereses muy concretos que defender, frente o al lado de otros Estados y se debe a acuerdos, negociaciones o diálogos en los cuales “su” reino sí es de este mundo, y los Estados, como Estados, tienden a consorciarse, a menos que diferencias o choques letales lo eviten.

Un ejemplo de esta imperturbable y fatal arrogancia, la sufren los ciudadanos y demócratas de todo el mundo, cuando llevan sus causas a multilaterales como la ONU o la OEA, y ven cómo una mayoría de gobiernos autoritarios bloquean “por votos” sus peticiones y así la causa de las dictaduras o semidictaduras persiste y crece, como hiedra, por todo el mundo.

Sin embargo, teólogos, historiadores, formadores de opinión y comunicadores notaron, alarmados, desde que se inició el Papado de Su Santidad, Francisco I, que, en su caso, un nuevo virus, plaga, o síndrome había infestado al Vaticano, más peligroso que la burocracia y el estatismo, y es su militancia o simpatía con una ideología de izquierda, cercana al marxismo y al comunismo y que ya fue condenada por “no cristiana” y contraria a los intereses de la Iglesia por sus antecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI: la Teología de la Liberación.

Pero a Francisco las Encíclicas y bulas de sus antecesores, que, en términos estrictamente eclesiales deberían resultarle doctrinarios, no le dicen nada e insiste en predicar una doctrina social que condena la propiedad privada, abomina del liberalismo económico y promueve la pobreza que califica como “categoría teologal”, y que es imposible no se desborde en una política que apoya al socialismo y los gobiernos autoritarios y dictatoriales que le son secuenciales.

Y es aquí donde se bifurcan los caminos de la Iglesia Católica venezolana y los del Vaticano, pues, si hay una Iglesia nacional y una feligresía que estén experimentando con hambre, enfermedades y represión hasta dónde pueden llevar ideas equivocadas que prohíben la propiedad privada, la economía competitiva y el ascenso social como contrarios a las enseñanzas de Cristo, esa es la venezolana.

Hay hambre en Venezuela, y enfermedades y presos políticos, papa Francisco, hay un paisaje humano con miles de hambrientos que hurgan en la basura día tras día para procurarse mendrugos para subsistir, y miles de enfermos que rondan por farmacias, clínicas y hospitales buscando medicinas y atención médica, y no es por el capitalismo, la propiedad y el liberalismo, sino por un Estado socialista, benefactor y dictatorial que fabrica pobres para someterlos por hambre.

Horror contra el que lucha el 99 % de los prelados venezolanos, cardenales, obispos, sacerdotes y monjas, que se enfrentan sin vacilaciones y a riesgo de su salud y vida contra los abusos y atropellos de la tiranía, a la cual, el Vaticano juzga confiable y avala en diálogos que, simplemente, buscan alargar sus días.

Cercano, en fin, a un despotismo como el de Maduro que no cesa en sus agresiones a la Iglesia, como lo demuestran los asaltos y los actos vandálicos que han arrasado templos, la destrucción de imágenes sagradas en iglesias y plazas públicas, el robo de reliquias y bienes religiosos, y los atropellos a sacerdotes que no pocas veces han pagado con sangre su fidelidad a las enseñanzas de Cristo y su Iglesia.

Para no ir muy lejos, hace unos meses, un diputado que recientemente ha sido elevado al cargo de ministro para la Educación Universitaria por Maduro, un señor Roa, ofendió gravemente en su dignidad, a su Eminencia, el cardenal Jorge Urosa Sabino, y de paso, hirió lanzándole un micrófono en la cara a un diputado de oposición que lo defendía.

Pero no son cosas nuevas, sino que Chávez mismo, en persona, inició cruzadas de insultos y agresiones contra los cardenales Velasco y Castillo Lara, contra monseñor Baltasar Porras y Roberto Luckert y contra todos los hombres y mujeres de la Iglesia, que siempre denunciaron su crueldad socialista, dictatorial y totalitaria.

Hace exactamente 14 días, por ejemplo, el 14 de enero pasado, un dignísimo representante de la Iglesia, monseñor Antonio López Castillo, arzobispo de la Diócesis de Barquisimeto, decía en su homilía con motivo de la celebración del día de la Divina Pastora: “No creemos en el comunismo socialista fracasado. Nosotros creemos en la democracia, y por eso yo, como pastor, nunca me callaré. María nos proteja de caer en los sistemas totalitarios que impiden que el pueblo sea libre y digno. ¡Viva nuestro pueblo digno que quiere vivir en verdadera democracia”.

Lo oían, seguían y aplaudían miles de personas que participan en la misa de la catedral de Barquisimeto, los tres millones de feligreses que un día antes  se congregaron en la procesión de la patrona de Lara y los 30 millones de venezolanos que son mayoritariamente católicos, anticomunistas y demócratas.

 

Y también la Conferencia Episcopal Venezolana, CEV, que un día antes había escrito en un mensaje dirigido a la feligresía y al pueblo de Venezuela: “La ola de represión y persecución política que se ha desatado en los últimos días lesiona gravemente el ejercicio de la institucionalidad democrática. Solo en regímenes totalitarios se impide la libre manifestación de la ciudadanía”.

Una advertencia que también podemos hacer válida para el proceso de diálogo que se inició, celebró y fracasó entre noviembre y diciembre del año pasado, y que pretende reimplementarse sin participación de la oposición democrática enfrentada a la dictadura de Maduro, como fórmula para que la Iglesia se convierta en cómplice de un crimen de lesa democracia venezolana.

Y que nos obliga de nuevo a preguntarnos: ¿Por qué la Santa Sede, el Estado Vaticano y, más específicamente, el papa Francisco, compromete la independencia e imparcialidad que debería tener en un conflicto entre venezolanos, de los cuales, unos representan al comunismo ateo y otros a la Iglesia de Cristo, y contribuye a que la oposición democrática sea burlada una vez más por los maquiavelistas marxistas y para que la dictadura Maduro se perpetúe y aspire en devenir en una dinastía tipo Cuba o Corea del Norte?

¿La digna actitud de la Conferencia Episcopal Venezolana, CEV, de obispos como Ovidio Pérez Morales, Antonio López Castillo y Roberto Luckert y de sacerdotes como José Palmar y Lenin Bastidas, no le dicen nada a Berboglio, Parolín y sus portavoces en Caracas, Claudio María Celli y Aldo Giordano?

Pues parece que no, y la explicación del menoscabo con que actúan frente a una de las iglesias más heroicas del continente y del mundo, solo puede encontrarse en las reformas que emprendió Francisco desde que inició su Papado, y de las cuales, una en especial -querida a la Teología de la Liberación- lo acerca de manera irreparable al totalitarismo marxista y lo aleja del humanismo, la libertad y la democracia cristianas.

Nos referimos al tema de la pobreza, sublimemente expuesto por Jesús en El Sermón de la Montaña, pero en sentido alguno para concederles una suerte de categoría o virtud teologal, por la que tengan que sacrificarse valores cristianos tan fundamentales como el “Amaos los unos a los otros”,  “Mi reino no es de este mundo”, “Y al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”.

Y que son las verdades eternas en las que el cristianismo se refracta con el ateísmo marxista, que sí convierte a los pobres en una suerte de centro absoluto, inamovible y estático, a nombre del cual se pueden cometer crímenes, transgresiones e injusticias sin fin, puesto que, si el sentido de la vida es vivir y morir por ellos, ¿por qué privarnos entonces de transmutarnos de santos en asesinos, de inocentes en verdugos, y de víctimas en victimarios?

Palabras, ideas y pensamientos “más históricos y reales” de lo que comúnmente se admite y que referidos a la crisis que hoy se vive en Venezuela, es el horror por el que exigimos que el papa y el Estado Vaticano sean realmente cristianos y actúen como el Cristo redentor que se hizo uno con todos los hombres, y no con una clase especial de ellos, ya fueran ricos, pobres, blancos negros, hombres o mujeres..

Manuel MalaverManuel Malaver

Manuel Malaver es un periodista venezolano, exredactor de El Nacional, El Diario de Caracas y la revista Exceso. En la actualidad colabora con La Razón y es editor de Factormm.com. Síguelo en Twitter: @MMalaverM.

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Heidegger – filósofo del Nacionalsocialismo

La publicación de los Cuadernos Negros de Heidegger nos presenta sus comentarios ante el acontecer diario, político, y por así decirlo, su testamento ideológico que él mismo ordenó se publicara como comentario final a la edición de sus obras, supuestamente, completas. Alguno de sus críticos apunta la posibilidad de que al desvelar claramente su ideología nacionalsocialista, habría esperado, en una forma de esperanza mesiánica, que el Volk alemán, tras la humillación de la derrota y final precipitado del prometido Reich para mil años, volviera a resurgir tras un periodo de dominio capitalista judeo-americano.

El antes alabado genio Heidegger, se desvela en su seguimiento de las más primitivas mentiras sobre el Judaísmo como una mente acrítica de poco nivel intelectual. Y en las páginas que siguen se mostrará también la falta de valor filosófico de su obra. Pero el “fenomeno Heidegger” está ahí. Es innegable el influjo y la positiva recepción de su obra por muchos pensadores franceses. como el mismo Sartre, que curiosamente ocupó una cátedra robada a un judío durante la ocupación nazi, o por otros pensadores existencialistas y posteriormente por los postmodernistas de Francia e Italia, Por eso, dejando de lado el análisis de los motivos que habrían movido a sus seguidores a aceptarle como guía filosófico, parece necesario practicar una disección del pensamiento, ahora claramente en estado cadavérico, del profesor de Freiiburg. Esta tarea exigirá un atento debate pues es evidente que se trata de una obra no sólo extensa sino, sobre todo, de enorme influjo en el pensamiento moderno. Ejemplo de estos debates es el realizado en el congreso de Giessen del que surgió la obra publicada en Suhrkamp presentando las opiniones de numerosos pensadores sobre el fenómeno Heidegger.

En estas páginas no se intentará una refutación de las ideas formuladas por él de forma dogmática, y donde está ausente cualquier tipo de auto-crítica, sino se presenta a discusión una interpretación que podría denominar de teología-filosófica, modificando el ya clásico enunciado de la teología política, pues considero que uno de los elementos claves para interpretar esa amplia obra es el marco teológico y los esquemas mentales de un pensamiento estructurado en el nivel de una forma de Fe fundamentalista y condicionada históricamente por las fuerzas que estructuraron un escenario concreto, el de las condenas papales al llamado Modernismo, donde se presentaba la Fe cristiana como algo absoluto, cuyo guardián (para usar el término empleado por el mismo Heidegger sobre el guardián o custodio del Ser) sería el Magisterio Papal, y donde la Fe sería opuesta e infinitamente superior a la Razón.

En primer lugar creo hay que diferenciar esos esquemas u ópticas de comprensión de los contenidos elaborados con esos esquemas de observación. Heidegger, según esta interpretación, habría no sólo realizado una teología-filosofía sino también habría buscado crear una teología politica (como hacen todos los fundamentalistas) para influir en la misma esfera política dando una fundamentación “espiritual” al nacionalsocialismo y superar así las evidentes debilidades de un racismo biologicista – y aquí empleo el término Teología Politica en el sentido dado a ese concepto por su colega ideológico Carl Schmitt. En la obra de Schmitt encontramos un trabajo paralelo, pero no para crear una Filosofía sino un Derecho nacionalsocialista. El talante pro-totalitario de su obra, también derivada de su forma de creer en el catolicismo integrista, puede ser lo que haya motivado que el Opus Dei, manifiestamente enemigo de todo el pensamiento moderno, incluyendo las ideas democráticas, promueva también la traducción de los escritos constitucionales del jurista alemán. Ambos autores fueron no seguidores sino creadores de los elementos centrales de la ideología fascista-nacionalsocialista, que como ahora el Populismo, puede ser considerado como fundamentalismo, pero en el nivel de religión política, no de religión contrapuesta a lo secular, y en que se condena el debate. Siguiendo así las tesis del español de primera mitad del siglo XIX, que consideró siempre su maestro Carl Schmitt, es decir, Donoso Cortés. Y su tesis central, enmarcada en las ideas de la Restauración post-revolucionaria, era que había de sustituirse el Debate, razón, por la Espada, la fuerza coactiva. En ese horizonte de observación surge la veneración por la lucha y la violencia, tipificada en el ya clásico esquema amigo-enemigo para explicar toda la convivencia humana, que conduce a la tesis de que frente a “la fuerza del derecho” hay que regresar al “derecho de la fuerza”. El talante fundamentalista del joven Heidegger, que se manifiesta en su actitud de creyente dogmático, integrista, en sus primeros escritos, justifica plenamente el juicio que valora su obra como similar a la actitud de los fundamentalistas islamistas actuales. En el fondo, su veneración ante la “barbarie” con que el pueblo germánico debe imponerse al resto del mundo, como erróneamente pensaba Heidegger había sucedido en otro tiempo con el pueblo griego, es similar a lo que proclamó el nuevo dictador turco Erdogan en sus años jóvenes: “nuestras bayonetas son los minaretes de las mezquitas”. La religión, entendida en el horizonte de observación fundamentalista, es así mero instrumento del impulso básico a ejercer poder. Y Heidegger, al intentar dar una sólida base de ideas al Nacionalsocialismo lo hizo formulando, pero de acuerdo a los esquemas de la fe anti-modernista aprendida como seminarista, transmutando lo que él pensaba ser la arquitectura de las ideas católicas en su nueva teología-filosofía del Seyn eligiendo incluso este término arcaico en lugar del actual Sein para designar a ese Ser del que el Volk alemán ha de ser guardián elegido en estos tiempos como antes lo fuera el pueblo griego..

El esfuerzo por des-velar (en el sentido de la Aletheia griega que el mismo Heidegger tanto empleó en su obra) el transfondo y sentido último de su obra se orienta primariamente a identificar puntos de discusión que ayuden en un debate de filosofía política ante el auge de las ideologías populistas, donde ideología d debe entenderse en el sentido definido por Karl Mannheim. Hoy es innegable el ascenso al poder (Trump o el Brexit son ejemplos claros) de esos nuevos populismos, de derechas o de izquierdas, que muchos consideran ya como una re-edición de los fascismos de los años treinta, y que, ante su evidente fracaso, como se muestra en el caso extremo de Venezuela, hay que verlos como quizá la mayor patología de la democracia moderna.

Así, lo que guía estas reflexiones no es hacer un comentario crítico a la obra de Heidegger, como los que hicieron posteriores escolásticos ante la Summa de Santo Tomás, sino el interés por reconstruir las lineas maestras de la arquitectura de los nuevos constructos de las ideológicas fascistas, que hoy llaman populistas, en que se desarrolla una forma de pensamiento político totalitario. El lema camporista “vamos por todo” formula claramente esa tendencia.

La motivación última de este análisis crítico la tomo de la que guió a los pensadores de la Escuela de Frankfurt, reanudar el proyecto inacabado del Iluminismo, sobre todo del francés, en el siglo XVIII, un proyecto de liberación social en que se aprovechaba el impulso de liberación de la razón (frente a la anterior tutela religiosa teológica) para que una razón emancipada, es decir, llegada a la mayoría de edad en que no hay que pensar sólo obediendo, pudiera el hombre (los iluministas casi todos fueron también machistas), llegar a configurar la sociedad de una forma liberada del poder de los monarcas. Se ha criticado a veces, erróneamente, en el Iluminismo tan crítico de la Iglesia y del poder, su falta de autocrítica, y es evidente se cometieron enormes errores precisamente en su filosofía política, como cuando Rousseau da tan poder a la Voluntad General (el pueblo soberano) que anula realmente al individuo, y eso llevó a alguno de sus seguidores a implantar el Terror de 1793. Pero el Iluminismo, como es palpable en Voltaire, fue también crítico con sus mismos promotores. El baño de sangre revolucionario fue evidentemente un factor para el avance de la Restauración, no sólo en lo político, sino sobre todo en el pensamiento, y el Conde de Maistre en sus Veladas de San Petersburgo, no fue el único que idealizó un pensamiento de vuelta al Antiguo Régimen. En España, Donoso rtés resumió en su tesis: en lugar del debate, es la espada la única garantía del orden social. Y por tanto, el punto de partida de toda política no puede ser el agora de libre discusión de los atenienses, sino el principio de que solo hay amigos y enemigos. Este es el principio que toma en el siglo XX, Carl Schmitt para toda su concepción del derecho. No es casual que sus obras directamente políticas se hayan traducido en Buenos Aires y fueran lectura de mesa de noche de Nestor Kirchner (dato que conozco directamente del librero que se las suministraba y lógicamente quiere permanecer en el anónimo).

La restauración religiosa tomó fuerza sobre todo cuando el Papa Pio IX, al perder su poder politico como rey del estado pontificio, primero publica el Syllabus, en que condena todo el pensamiento moderno, en primer lugar la confianza en la razón, pero sobre todo las ideas socialistas que quieren socavar la fe del pueblo en el poder absoluto de los monarcas, pero también, y no por razones ecológicas, toda forma de progreso tecnologico. Su sucesor Leon XIII con su encíclica De Rerum Novarum admitió la realidad del problema de la desigualdad social, pero como harán luego tanto el fascismo italiano como el nacionalsocialismo alemán, y también los 25 puntos de la Falange española de José Antonio, se considera que sólo un sistema totalitario (de igual modo que la dictadura del proletariado de Marx) puede garantizar el bien del pueblo. Si, embargo no hay marcha atrás en la guerra contra la razón. Pio X, a comienzos del siglo XX condena en dos encíclicas todo lo “moderno”. En una simplificación de la real diversidad de los esfuerzos de muchos teólogos, sobre todo en el campo de la investigación sobre la Biblia, el Vaticano crea la figura de “una” herejía modernista e impone a todos los nuevos sacerdotes que en su ordenación hagan el juramento antimodernista en que se condenaba (hasta que Juan XXIII con su concilio Vaticano II lo abolió) todo intento de aplicar métodos racionales en la teología dogmática y bíblica. En lugar del lema de la escolástica Razón y Fe, Fides quaerens intellectum, la fe que busca entender racionalmente, se impone la superioridad total de la fe sobre la razón. En la ola de reacción conservadora después del Vaticano II, Ratzinger escribió su encíclica Fides et Ratio, colocando la fe sobre la razón (en clara oposición al lema, razón y fe, como se titula la revista de los jesuitas españoles).

La reacción del Romanticismo filosófico, como he mostrado en mi investigación sobre el origen teológico-luterano de las ideas políticas nacionalsocialistas, el romanticismo filosófico, principalmente en los discursos a la nación alemana de Fichte, creó el marco en que surgiría la ideología nacionalista que finalmente llevó a las guerras mundiales. Por eso, como afirma Habermas, creo necesario reavivar, pero desde un nuevo horizonte y con nuevas herramientas de análisis racional, el proyecto de los ilustrados. Evidentemente esto ha de hacerse corrigiendo las desviaciones teóricas del Racionalismo anterior que culmina en el Idealismo alemán, para recuperar el impulso socrático-platónico de busca racional, sobre todo en la dialéctica platónica, para el que la busca racional de la Sophia, como en los trabajos en que Hadot reinterpreta la historia de la filosofía occidental, ha de ser lo que guíe la dirección de la Polis, es decir, en nuestro marco de observación global: la comunidad humana.

En los siguientes capítulos expongo algunas reflexiones sobre la ideología nacionalsocialista apoyada en la filosofía, que es según afirma en sus anotaciones fue el propósito que guió a Heidegger al planear la edición de sus obras completas como nueva Summa teológica, aunque como él mismo confiesa empleó un lenguaje críptico, manifiestamente voluntariamente de tipo esotérico, para no espantar a sus lectores, sino guiar a algunos elegidos a superar el Olvido del Ser (Seyn), en que él mismo como se transluce en sus larga exposiciones ve al Summum Esse Subsistens de la Escolástica, pero que él reinterpreta en un retorno al paganismo griego, como el espacio divino (deus sive natura, de un Spinoza, pero al que no puede referirse porque era judío), en que el predecesor del impulso germano nacionalsocialista debe continuar la lucha de Dionisio, Hércules y el Padre Rhein.

Aquí hay que notar que Heidegger lee e interpreta dichos mitos sin distinguir las fases de desarrollo de esas ideas en el mundo griego. En la primera fase, se trataba de un pensamiento primitivo en que los mitos se utilizaban para simbolizar el sentimiento del ser humano que se comprendía a sí mismo como dependiente de poderes caóticos, crueles, caprichosos. Posteriormente, en la mitología se introduce la figura de Zeus que derrota a los gigantes y titanes e implanta un orden entre dichos poderes. El establecimiento de ese orden a nivel divino es paralelo a la introducción de las primeras Polis, ciudades organizadas que superan la situación de luchas tribales sin superior y donde sólo tenía vigencia la superioridad en fuerza. La fascinación ejercida sobre Heidegger por los mitos violentos que cantó Hölderlin podría verse como herencia psíquica de su posición de creyente integrista anterior, en la que el alma humana es comprendida como totalmente dependiente del poder divino que concede o no su gracia a la creatura.

 

 

 

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