Heidegger – filósofo del Nacionalsocialismo

La publicación de los Cuadernos Negros de Heidegger nos presenta sus comentarios ante el acontecer diario, político, y por así decirlo, su testamento ideológico que él mismo ordenó se publicara como comentario final a la edición de sus obras, supuestamente, completas. Alguno de sus críticos apunta la posibilidad de que al desvelar claramente su ideología nacionalsocialista, habría esperado, en una forma de esperanza mesiánica, que el Volk alemán, tras la humillación de la derrota y final precipitado del prometido Reich para mil años, volviera a resurgir tras un periodo de dominio capitalista judeo-americano.

El antes alabado genio Heidegger, se desvela en su seguimiento de las más primitivas mentiras sobre el Judaísmo como una mente acrítica de poco nivel intelectual. Y en las páginas que siguen se mostrará también la falta de valor filosófico de su obra. Pero el “fenomeno Heidegger” está ahí. Es innegable el influjo y la positiva recepción de su obra por muchos pensadores franceses. como el mismo Sartre, que curiosamente ocupó una cátedra robada a un judío durante la ocupación nazi, o por otros pensadores existencialistas y posteriormente por los postmodernistas de Francia e Italia, Por eso, dejando de lado el análisis de los motivos que habrían movido a sus seguidores a aceptarle como guía filosófico, parece necesario practicar una disección del pensamiento, ahora claramente en estado cadavérico, del profesor de Freiiburg. Esta tarea exigirá un atento debate pues es evidente que se trata de una obra no sólo extensa sino, sobre todo, de enorme influjo en el pensamiento moderno. Ejemplo de estos debates es el realizado en el congreso de Giessen del que surgió la obra publicada en Suhrkamp presentando las opiniones de numerosos pensadores sobre el fenómeno Heidegger.

En estas páginas no se intentará una refutación de las ideas formuladas por él de forma dogmática, y donde está ausente cualquier tipo de auto-crítica, sino se presenta a discusión una interpretación que podría denominar de teología-filosófica, modificando el ya clásico enunciado de la teología política, pues considero que uno de los elementos claves para interpretar esa amplia obra es el marco teológico y los esquemas mentales de un pensamiento estructurado en el nivel de una forma de Fe fundamentalista y condicionada históricamente por las fuerzas que estructuraron un escenario concreto, el de las condenas papales al llamado Modernismo, donde se presentaba la Fe cristiana como algo absoluto, cuyo guardián (para usar el término empleado por el mismo Heidegger sobre el guardián o custodio del Ser) sería el Magisterio Papal, y donde la Fe sería opuesta e infinitamente superior a la Razón.

En primer lugar creo hay que diferenciar esos esquemas u ópticas de comprensión de los contenidos elaborados con esos esquemas de observación. Heidegger, según esta interpretación, habría no sólo realizado una teología-filosofía sino también habría buscado crear una teología politica (como hacen todos los fundamentalistas) para influir en la misma esfera política dando una fundamentación “espiritual” al nacionalsocialismo y superar así las evidentes debilidades de un racismo biologicista – y aquí empleo el término Teología Politica en el sentido dado a ese concepto por su colega ideológico Carl Schmitt. En la obra de Schmitt encontramos un trabajo paralelo, pero no para crear una Filosofía sino un Derecho nacionalsocialista. El talante pro-totalitario de su obra, también derivada de su forma de creer en el catolicismo integrista, puede ser lo que haya motivado que el Opus Dei, manifiestamente enemigo de todo el pensamiento moderno, incluyendo las ideas democráticas, promueva también la traducción de los escritos constitucionales del jurista alemán. Ambos autores fueron no seguidores sino creadores de los elementos centrales de la ideología fascista-nacionalsocialista, que como ahora el Populismo, puede ser considerado como fundamentalismo, pero en el nivel de religión política, no de religión contrapuesta a lo secular, y en que se condena el debate. Siguiendo así las tesis del español de primera mitad del siglo XIX, que consideró siempre su maestro Carl Schmitt, es decir, Donoso Cortés. Y su tesis central, enmarcada en las ideas de la Restauración post-revolucionaria, era que había de sustituirse el Debate, razón, por la Espada, la fuerza coactiva. En ese horizonte de observación surge la veneración por la lucha y la violencia, tipificada en el ya clásico esquema amigo-enemigo para explicar toda la convivencia humana, que conduce a la tesis de que frente a “la fuerza del derecho” hay que regresar al “derecho de la fuerza”. El talante fundamentalista del joven Heidegger, que se manifiesta en su actitud de creyente dogmático, integrista, en sus primeros escritos, justifica plenamente el juicio que valora su obra como similar a la actitud de los fundamentalistas islamistas actuales. En el fondo, su veneración ante la “barbarie” con que el pueblo germánico debe imponerse al resto del mundo, como erróneamente pensaba Heidegger había sucedido en otro tiempo con el pueblo griego, es similar a lo que proclamó el nuevo dictador turco Erdogan en sus años jóvenes: “nuestras bayonetas son los minaretes de las mezquitas”. La religión, entendida en el horizonte de observación fundamentalista, es así mero instrumento del impulso básico a ejercer poder. Y Heidegger, al intentar dar una sólida base de ideas al Nacionalsocialismo lo hizo formulando, pero de acuerdo a los esquemas de la fe anti-modernista aprendida como seminarista, transmutando lo que él pensaba ser la arquitectura de las ideas católicas en su nueva teología-filosofía del Seyn eligiendo incluso este término arcaico en lugar del actual Sein para designar a ese Ser del que el Volk alemán ha de ser guardián elegido en estos tiempos como antes lo fuera el pueblo griego..

El esfuerzo por des-velar (en el sentido de la Aletheia griega que el mismo Heidegger tanto empleó en su obra) el transfondo y sentido último de su obra se orienta primariamente a identificar puntos de discusión que ayuden en un debate de filosofía política ante el auge de las ideologías populistas, donde ideología d debe entenderse en el sentido definido por Karl Mannheim. Hoy es innegable el ascenso al poder (Trump o el Brexit son ejemplos claros) de esos nuevos populismos, de derechas o de izquierdas, que muchos consideran ya como una re-edición de los fascismos de los años treinta, y que, ante su evidente fracaso, como se muestra en el caso extremo de Venezuela, hay que verlos como quizá la mayor patología de la democracia moderna.

Así, lo que guía estas reflexiones no es hacer un comentario crítico a la obra de Heidegger, como los que hicieron posteriores escolásticos ante la Summa de Santo Tomás, sino el interés por reconstruir las lineas maestras de la arquitectura de los nuevos constructos de las ideológicas fascistas, que hoy llaman populistas, en que se desarrolla una forma de pensamiento político totalitario. El lema camporista “vamos por todo” formula claramente esa tendencia.

La motivación última de este análisis crítico la tomo de la que guió a los pensadores de la Escuela de Frankfurt, reanudar el proyecto inacabado del Iluminismo, sobre todo del francés, en el siglo XVIII, un proyecto de liberación social en que se aprovechaba el impulso de liberación de la razón (frente a la anterior tutela religiosa teológica) para que una razón emancipada, es decir, llegada a la mayoría de edad en que no hay que pensar sólo obediendo, pudiera el hombre (los iluministas casi todos fueron también machistas), llegar a configurar la sociedad de una forma liberada del poder de los monarcas. Se ha criticado a veces, erróneamente, en el Iluminismo tan crítico de la Iglesia y del poder, su falta de autocrítica, y es evidente se cometieron enormes errores precisamente en su filosofía política, como cuando Rousseau da tan poder a la Voluntad General (el pueblo soberano) que anula realmente al individuo, y eso llevó a alguno de sus seguidores a implantar el Terror de 1793. Pero el Iluminismo, como es palpable en Voltaire, fue también crítico con sus mismos promotores. El baño de sangre revolucionario fue evidentemente un factor para el avance de la Restauración, no sólo en lo político, sino sobre todo en el pensamiento, y el Conde de Maistre en sus Veladas de San Petersburgo, no fue el único que idealizó un pensamiento de vuelta al Antiguo Régimen. En España, Donoso rtés resumió en su tesis: en lugar del debate, es la espada la única garantía del orden social. Y por tanto, el punto de partida de toda política no puede ser el agora de libre discusión de los atenienses, sino el principio de que solo hay amigos y enemigos. Este es el principio que toma en el siglo XX, Carl Schmitt para toda su concepción del derecho. No es casual que sus obras directamente políticas se hayan traducido en Buenos Aires y fueran lectura de mesa de noche de Nestor Kirchner (dato que conozco directamente del librero que se las suministraba y lógicamente quiere permanecer en el anónimo).

La restauración religiosa tomó fuerza sobre todo cuando el Papa Pio IX, al perder su poder politico como rey del estado pontificio, primero publica el Syllabus, en que condena todo el pensamiento moderno, en primer lugar la confianza en la razón, pero sobre todo las ideas socialistas que quieren socavar la fe del pueblo en el poder absoluto de los monarcas, pero también, y no por razones ecológicas, toda forma de progreso tecnologico. Su sucesor Leon XIII con su encíclica De Rerum Novarum admitió la realidad del problema de la desigualdad social, pero como harán luego tanto el fascismo italiano como el nacionalsocialismo alemán, y también los 25 puntos de la Falange española de José Antonio, se considera que sólo un sistema totalitario (de igual modo que la dictadura del proletariado de Marx) puede garantizar el bien del pueblo. Si, embargo no hay marcha atrás en la guerra contra la razón. Pio X, a comienzos del siglo XX condena en dos encíclicas todo lo “moderno”. En una simplificación de la real diversidad de los esfuerzos de muchos teólogos, sobre todo en el campo de la investigación sobre la Biblia, el Vaticano crea la figura de “una” herejía modernista e impone a todos los nuevos sacerdotes que en su ordenación hagan el juramento antimodernista en que se condenaba (hasta que Juan XXIII con su concilio Vaticano II lo abolió) todo intento de aplicar métodos racionales en la teología dogmática y bíblica. En lugar del lema de la escolástica Razón y Fe, Fides quaerens intellectum, la fe que busca entender racionalmente, se impone la superioridad total de la fe sobre la razón. En la ola de reacción conservadora después del Vaticano II, Ratzinger escribió su encíclica Fides et Ratio, colocando la fe sobre la razón (en clara oposición al lema, razón y fe, como se titula la revista de los jesuitas españoles).

La reacción del Romanticismo filosófico, como he mostrado en mi investigación sobre el origen teológico-luterano de las ideas políticas nacionalsocialistas, el romanticismo filosófico, principalmente en los discursos a la nación alemana de Fichte, creó el marco en que surgiría la ideología nacionalista que finalmente llevó a las guerras mundiales. Por eso, como afirma Habermas, creo necesario reavivar, pero desde un nuevo horizonte y con nuevas herramientas de análisis racional, el proyecto de los ilustrados. Evidentemente esto ha de hacerse corrigiendo las desviaciones teóricas del Racionalismo anterior que culmina en el Idealismo alemán, para recuperar el impulso socrático-platónico de busca racional, sobre todo en la dialéctica platónica, para el que la busca racional de la Sophia, como en los trabajos en que Hadot reinterpreta la historia de la filosofía occidental, ha de ser lo que guíe la dirección de la Polis, es decir, en nuestro marco de observación global: la comunidad humana.

En los siguientes capítulos expongo algunas reflexiones sobre la ideología nacionalsocialista apoyada en la filosofía, que es según afirma en sus anotaciones fue el propósito que guió a Heidegger al planear la edición de sus obras completas como nueva Summa teológica, aunque como él mismo confiesa empleó un lenguaje críptico, manifiestamente voluntariamente de tipo esotérico, para no espantar a sus lectores, sino guiar a algunos elegidos a superar el Olvido del Ser (Seyn), en que él mismo como se transluce en sus larga exposiciones ve al Summum Esse Subsistens de la Escolástica, pero que él reinterpreta en un retorno al paganismo griego, como el espacio divino (deus sive natura, de un Spinoza, pero al que no puede referirse porque era judío), en que el predecesor del impulso germano nacionalsocialista debe continuar la lucha de Dionisio, Hércules y el Padre Rhein.

Aquí hay que notar que Heidegger lee e interpreta dichos mitos sin distinguir las fases de desarrollo de esas ideas en el mundo griego. En la primera fase, se trataba de un pensamiento primitivo en que los mitos se utilizaban para simbolizar el sentimiento del ser humano que se comprendía a sí mismo como dependiente de poderes caóticos, crueles, caprichosos. Posteriormente, en la mitología se introduce la figura de Zeus que derrota a los gigantes y titanes e implanta un orden entre dichos poderes. El establecimiento de ese orden a nivel divino es paralelo a la introducción de las primeras Polis, ciudades organizadas que superan la situación de luchas tribales sin superior y donde sólo tenía vigencia la superioridad en fuerza. La fascinación ejercida sobre Heidegger por los mitos violentos que cantó Hölderlin podría verse como herencia psíquica de su posición de creyente integrista anterior, en la que el alma humana es comprendida como totalmente dependiente del poder divino que concede o no su gracia a la creatura.

 

 

 

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